Últimamente cada vez más veo en boca de los capitostes del cotarro el palabro “propiedad intelectual”, oxímoron que les sirve de cajón-de-sastre para reclamar y/o justificar el derecho de pernada sobre casi cualquier cosa, desde el infame Canon digital por un derecho de copia privada que después convierten en imposible de ejercer mediante técnicas como el DRM, o el “sistema de zonas” que intenta impedir que un ciudadano europeo pueda ver un DVD adquirido en Estados Unidos, la imposición a las bibliotecas públicas y universitarias de un cánon por el prestamo de libros -cuyos ejemplares, no olvidemos, ya están pagados- hasta la violación de nuestro derecho a la intimidad (la mal traducida “privacidad”) , del secreto de nuestras comunicaciones o la destrucción de la neutralidad de la red, por medio de cosas como las Enmiendas Torpedo, o el intento de ilegalizar de facto todo el software libre (empezando por Gnu/Linux) mediante la extensión de las patentes al software y los algoritmos informáticos, promovida principalmente por Microsoft y otros gigantes tecnológicos.
Eso sí, la excusa siempre es “para defender la cultura” y “proteger a los autores”, pero el factor clave que siempre ocultan quienes reclaman más protección para los autores, en forma de leyes más draconianas y absurdas contra los ciudadanos y consumidores, es que los autores rara vez son los propietarios/titulares de los derechos, ya que se han visto obligados a renunciar a ellos y cederlos a la gran multinacional editorial/discografica/productora/empresa de software de turno en primer lugar si es que quieren ver su obra publicada, y son, en realidad, estas empresas, mediante sus organizaciones-pantalla, como la SGAE, CEDRO, la RIAA, la MPAA o la BSA quienes claman una y otra vez el ultraje que, con acciones cotidianas e inocuas, como sacar un libro de una biblioteca, participar en proyectos comunitarios de desarrollo de software libre o el intercambio de archivos sin ánimo de lucro, los ciudadanos de a pie cometemos al “violar” su sacrosanta y nunca suficientemente bien protegida “propiedad intelectual”.
Pero ¿qué supone realmente el extraño sintagma “propiedad intelectual” que desde ciertas instancias pretenden colarnos como constructo legal?
Richard Stallman:
Se ha puesto de moda meter en el mismo saco a los derechos de autor, las patentes y las marcas (entidades separadas y distintas reguladas por conjuntos de leyes separados y distintos) y llamarlas «propiedad intelectual». Esta expresión confusa y engañosa no ha surgido por casualidad. La han promovido empresas que se benefician de la confusión. La mejor manera de aclarar esta confusión es rechazar la expresión completamente.
Según el profesor Mark Lemley, ahora de la Stanford Law School, el uso generalizado del término «propiedad intelectual» es una moda que comenzó con la fundación de la Organización Mundial de la «Propiedad Intelectual» en 1967, y sólo se ha vuelto verdaderamente común en los últimos años. (La OMPI es formalmente una organización de la ONU, pero de hecho representa los intereses de los titulares de derechos de autor, patentes y marcas.)
La expresión tiene un sesgo, que no es difícil de ver: sugiere que pensemos en los derechos de autor, las patentes y las marcas por analogía con los derechos de propiedad sobre los objetos físicos (Esta analogía está reñida con la filosofía de la legislación de los derechos de autor, la de las patentes y la de las marcas, pero sólo los especialistas lo saben.). De hecho, estas legislaciones no se parecen mucho a la legislación de la propiedad de los objetos físicos, pero el uso de esta expresión induce a los legisladores a cambiarlas para que sean más parecidas a esta última. Como este es el cambio que quieren las compañías que controlan los derechos de autor, las patentes y las marcas, la expresión les viene muy bien.
Joseph Stiglitz:
Nada parece más absurdo a los ojos del sentido común que promulgar la privatización del conocimiento para asegurar el progreso de la Humanidad. Si el conocimiento es uno de los pilares centrales del desarrollo, si su aplicación por unos no impide su aprovechamiento por otros, no parece muy inteligente administrarlo como un bien material y, además, escaso (1). En la sociedad del conocimiento –paradoja de las paradojas- se ha decretado la escasez de saber por decreto de Ley, en estos tiempos, precisamente, en que las Ciencias y las Artes presentan mayor potencial gracias al depósito acumulado durante generaciones de trabajo genérico(2) y dentro de escenario de las Tecnologías de la Información y la Comunicación.
Nos los advierte Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía: “muchos consideran que los monopolios de patentes impulsan la innovación, pero en realidad dificultan el avance de la ciencia y la creación”, y añade, “la persona que adquiere la patente sobre una idea obtiene un monopolio de largo plazo, creándose así una brecha entre los beneficios privados y los beneficios sociales.” Damos por supuesto que la única forma de gratificar el esfuerzo de los intelectuales es otorgarles la exclusiva de su aplicación práctica. He aquí el error, pues existen alternativas muy sencillas para recompensarlos sin hablar de propiedad, exclusividad, y demás beneficios monopolísticos que, por otro lado, no goza ningún otro trabajador o emprendedor.
Enrique Dans:
La primera vez que se empezó a hablar de la protección de la propiedad intelectual se hizo en la constitución norteamericana, detallándose que se hacía por tiempo limitado y con el fin de proteger el progreso y la innovación. De ahí, al aparataje legal que se desarrolló y que ha dominado el mundo durante años y años, va un abismo. No querría yo verme explicándole a los “padres de la patria” que trabajaron en la escritura de la constitución de los Estados Unidos que gracias al desarrollo de esa protección limitada de la propiedad intelectual, hoy en día alguien puede hacer las barbaridades que algunos intentan hacer.
En no demasiado tiempo se recordará la época en la que los mafiosos de la propiedad intelectual dominaron el mundo como “los años oscuros”, como aquella Edad Media en la que unos pocos oprimían a la mayoría, y que puso freno a la innovación durante años.
[…]
Son muchos. Son muy poderosos. Quieren detenerlo todo, parar el progreso, que nada se mueva. Odian todo lo que amenace su forma tradicional de vida, lo que proponga nuevas maneras de hacer las cosas, lo que pueda suponer cambios en un status quo que tenían más que dominado, al igual que los señores feudales en plena Edad Media. Están dispuestos a cualquier cosa: a pasar por encima de libertades fundamentales, a violar derechos humanos como la libertad de expresión o la privacidad, esgrimiendo que se hace para defender el orden establecido, para evitar el caos, para protegernos de los terroristas, para proteger a los menores, cuando en realidad todos sabemos que únicamente se hace para proteger sus negocios, para poder perpetuarse en su forma de vida, en sus modelos de negocio caducos e insostenibles.
Por cierto, que todos los problemas por los que estas empresas y sociedades de gestión se rasgan constante- y ostensiblemente las vestiduras se acabarían con una solución bien fácil: Que bajen los abusivos precios de sus productos (y reduzcan sus indecentes márgenes de beneficios) y que dejen de una vez de putear a los ciudadanos (sus potenciales clientes), y de intentar corromper la legislación a su favor … aisss, si al final era tan sencillo… la supuesta “propiedad intelectual” y toda la cacareada defensa de la “cultura”, de los “creadores”, la “innovación” y de los “artistas” es lo de siempre: solo cuestión de pasta…. los intocables beneficios de un puñado de multinacionales…
Por último os recomiendo encarecidamente leer, o al menos echar un buen vistazo a “Cultura Libre” de Lawrence Lessig que narra la batalla legal de este profesor de Harvard contra la extensión de las leyes de copyright promovida desde la industria mediática, “Copia este libro” de David Bravo y el relato corto de ciencia ficción “El derecho a leer” o el más sesudo “Software Libre para una Sociedad Libre” de Richard Stallman.