Yo es que de ordenadores no entiendo…
Javier Cuchí lo vuelve a bordar en su incordio:
España es un país muy malo para la innovación. El famoso «¡Que inventen ellos!» no fue sino un sarcasmo de Unamuno, pero fue recibido y asumido -¡y aplaudido!- en su más seria literalidad. El español se distancia del avance tecnológico o científico como si no fuera con él, como si fuera cosa de majaretas, de inmaduros o de altísimos especialistas, pero cosa ajena, en todo caso. El desprecio ignorante y desconfiado que se esconde detrás del «¿y ezo pa qué é?» que ya anticipa un encogimiento de hombros ante la respuesta, por cabal y razonable que ésta sea; el «yo, de ordenadores, no entiendo» dicho no con vergüenza ante esa ignorancia sino con altivez y orgullo, como si entender de ordenadores fuera cosa de bajo jaez, poco digno de altas alcurnias. Todavía hay quien no entiende de ordenadores, aunque parezca increíble, pero hasta no hace mucho, miles de estúpidos con corbata vivían convencidos de que los ordenadores eran cosa de administrativos y de secretarias y que lo suyo era berrear por las terminales de los aeropuertos diciendo ostensibles chorradas cuando un móvil valía más de mil y pico euros y sólo estaba al alcance no de ellos -pobres gilipollas- sino de sus empresas. En fin, todos los que abrimos los ojos como platos ante aquellos incipientes ZX, Osborne y demás cacharrería y sus inmensas posibilidades que, más que adivinarse, eran claramente predecibles, a principios de los ochenta, tuvimos que aguantar durante muchos años que no éramos sino críos jugando con los aparatitos; y algunos más recordamos un fenómeno parecido (¿y ezo pa qué é?) con la llegada de Internet, cuyo más ilustre corolario fue nada menos que un presidente de Telefónica (eso no lo olvidaremos nunca) que trató a los internautas de «chateadores y arriesgadores de su dinero» con luz, taquígrafos y micrófonos.
Eso sí, para penalizar a los que van a las bibliotecas, a los pocos a los que aún les interesa la cultura de verdad, para, con el canon que les roban, subvencionar la cutrecultura casposa celtibérica de consumo y a los grupos editoriales del partido (de uno o de otro lado, que son los mismos perros con distintos collares), no se escatiman esfuerzos ni se para en barras…. la conclusión de Javier Cuchí cada día más me parece tristemente la única salida para la gente que aún tiene inquietudes y le queden expectativas de futuro: Darse el piro. Cuanto antes.














